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jueves, 23 de marzo de 2017

Coincidencias asombrosas

    
   
   
      Coincidencias tales inducen al hombre a creer alguna vez que compone su vida un tejido en que cierta mano invisible da las pasadas de trama, aun cuando su limitada comprensión repare apenas en la urdimbre del presente. Se vienen citando para corroborar el fatalismo transcendente las novelas que siguen: la del trasatlántico que prefiguró el Titanic; aquella premonitoria sobre el naufragio y canibalismo del Gordon PymLos viajes de Gulliver, con su predicción de las lunas marcianas; Misión a la Luna y De la Tierra a la Luna. En verdad, nada es casual en absoluto, sino que los fenómenos suceden forzosa, necesariamente, y, a menos que la materia cuántica se agregue en fluidos y sólidos macroscópicos, la etérea mano no puede interferir nuestras vidas. Se ve a la primera leyendo que quien fabuló sobre un paquebote hundido llamado Titán (1898) sabía ya que al Pacific lo hundió un iceberg (1856), y pudo enterarse por The New York Times de las características que reuniría el Titanic. 

                                
                                   
   
     En el segundo caso, tres náufragos devoran por sorteo a un cuarto, el pirata Richard Parker, ficción que la realidad repite 46 años después, por las mismas aguas, en la pérdida del yate Mignonnette (1884), que obliga a usar de comestible a otro Richard Parker, un grumete con diecisiete años. Más allá de que el novelista hubiese revestido el nombre de odiosidad (fue el de un comandante amotinado que acabó en la mazmorra), el chico necesitaba unas mil calorías más que los adultos acompañantes para el sustento diario; y habían consumido una tortuga cazada. Adscritos a la new age omiten los hechos que no coinciden, como el número de bajas en los náufragos: Poe narra dos, y no sólo una.



   
      Swift, contemporáneo de Newton, se fundó en Kepler, quien intuyó que al poseer la Tierra uno, en Marte orbitarían dos satélites, descubiertos por Galileo los cuatro mayores de Júpiter; suponiendo a Dios geómetra, se le ocurrió la sencilla progresión 2(n-1). El creador de Gulliver sólo tuvo que recordar los dos principales escuderos de Ares, asimilado al Marte romano, para bautizar a Deimos y Fobos siglo y medio antes que Asaph Hall.



 
     Por lo que respecta a la tramoya del alunizaje, Armstrong se había distinguido como piloto en la guerra de Corea para cuando lo hace pisar la Luna en 1954 Lester del Rey; y llama éste Apolón a la nave porque el dios griego conducía el carro del Sol. Verne cometió errores de bulto, como establecer el despegue de un cañonazo y efímera la ingravidez a mitad del viaje. Calculó con fórmulas de bachiller la velocidad de una bala que ganase altitud equivalente al radio terrestre.
    La aparente intencionalidad del destino en el transcurso vital obedece a la prosecución y consecución de cuanto conviene a móviles del inconsciente, donde azar y necesidad se aúnan a modo de genio tutelar que, por tortuosa que nuestra andanza sea, reconduce al hombre a través de su carácter inmutable a la misma senda.

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