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jueves, 22 de diciembre de 2016

¿Quiénes gobiernan el mundo? ( I )

    
     De ser cierto que un Leviatán de banqueros señorea el destino de la población mundial desde el nacimiento del capitalismo, la Revolución rusa y el nazismo hubiesen sido sufragados por los Pazzi, los Médicis (desbancando a los anteriores, quebraron absorbidos por la política) o bien los Fúcar, o Fugger,  por el Imperio español arrastrados a la bancarrota. En la delirante conjura judeomasónica de capitalistas contra la civilización occidental, creyó un megalómano como Hitler, quien, sabiendo que Trotski, residente en Nueva York, y Lenin fueron masones financiados por la cúpula de banqueros judíos, acabó con la hegemonía de los Rothschild en Europa central.
     El führer se precavió de la miseria infligida a Rusia por desaprobar un Banco central de titularidad judía el zar, a quien denegó el financiero hebreo incluso el suministro de armamento, tras embarcarlo en una guerra contra Japón. Por ello precisamente, aplicaría la reforma monetaria de Schacht la industria pesada alemana, aceptando «letras de trabajo» a corto plazo, proporcionadas a los bienes producidos y paralelas al marco.
     Confrontemos el discurso de Kennedy poco antes de su asesinato con el de Luis Felipe de Orleans, en los jardines de cuya casa se urdió la toma de la Bastilla. El gran maestre masón que sería guillotinado dijo:
      «. . .una república no debe (. . .) tolerar ningún misterio, ni tampoco reuniones secretas.»
      Y advirtió el presidente:
     «. . .nos enfrentamos en todo el mundo a una conspiración monolítica y despiadada que se funda en la ocultación para expandir su esfera de influencia (...), en la subversión, en vez de votaciones, en la intimidación, en lugar de la libre elección (. . .)»
     Harina de otro costal es que, originariamente impulsada la camarilla de banqueros e industriales por un idealismo filantrópico, las logias masónicas degenerasen al punto de injerirse en la gobernación, a través de donaciones a cambio de contratos públicos y pretendiendo el amaño de concursos para controlar los servicios, preludio todo ello de una sistemática privatización del Estado.

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