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sábado, 5 de septiembre de 2015

La reencarnación... ¿sólo un mito?

    

     El cuerpo inerte del niño Aylan Kurdi, orillado en la playa con sus manitas desasiendo la vida, nos mueve a reflexionar sobre la transmigración de las almas, de la que Schopenhauer escribió que «jamás mito alguno se aproximó ni se aproxima tanto a una verdad filosófica, accesible a muy pocos (...)»«puesto que todo dogma de fe no es más que una vestidura mítica de la verdad, a la cual no puede elevarse la grosera inteligencia del hombre».
    Las tres grandes religiones de la India asumen la vida el eslabón de una cadena (samsãra), en que el ser, por una energía indisoluble de cada acción particular, puede medrar hasta el brahman, sin las limitaciones del espacio-tiempo, o desmedrarse hasta la animalidad más indómita. Orfeo, Pitágoras y Platón abrazaron con devoción esa creencia, recibida de los egipcios (Herod., II, 123). No trataré de explicar yo lo que magistralmente ya hizo el genio de la filosofía en el capítulo 41 de sus Complementos, «Sobre la muerte y su relación con el carácter indestructible de nuestro ser en sí», sino que me referiré a ciertos experimentos siquiátricos que, tan siquiera en primera instancia, parecían confirmar la reencarnación. Sin superar una sicología vulgar, también se tienden a confundir las transiciones entre las distintas edades de la vida (niñez, adolescencia, adultez y ancianidad) con avatares como los de Visnú.
   Según el siquiatra finlandés Kampman, en un segundo trance hipnótico, quien en el primero hablaba correctamente osco, idioma de un antiguo pueblo ítalo, reconoció haberlo asimilado en una biblioteca, al sentarse junto a un historiador interesado en un documento osco. Resultó también que la mujer que se decía, en su vida anterior, el hijo de un capitán de barco reveló haber leído joven con avidez una novela sobre la marinería. De estos hechos, como de tantos sujetos a matemática, se desprende la contradicción en demostrar físicamente, en el mundo de los fenómenos, lo metafísico, la cosa en sí del universo. El mismo inconsciente, lejos de ser abierto y explícito, se emboza en los sueños impenetrablemente simbólico.

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